viernes, 24 de septiembre de 2010

Tres comentarios banales

P. nos cuenta que en el colegio de sus hijos, por ser bilingüe, celebran cada año el día de San Patricio, el día de acción de gracias y Halloween. Seguramente, está bien que así sea. Si alguien propusiera que en su lugar se celebrara el día de Todos los Santos, la festividad de los mayos o la fiesta del Yom Kipur, por decir algo, probablemente sería tomado por un paleto o por un sectario. Son las cosas que tiene el cosmopolitismo global.

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Tomando café con unos estudiantes, estos derivan inesperadamente la conversación hacia el elevadísimo precio de los percebes y resulta que están perfectamente al día de su cotización en mercados y restaurantes, dando la sensación —pretendidamente o no—, de que no hay nada que ellos no sepan o disfruten o no esté a su alcance.

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En otra conversación de pasillo, y a propósito de las elecciones primarias que están desarrollándose en algunas comunidades autónomas, alguien bromea proponiendo que la selección de los representantes políticos se haga a través de un reality show televisivo de esos en los que se encierra a varias personas en un mismo espacio y se les obliga a convivir y demostrar sus habilidades y su capacidad de resistencia, y se muestran al público sin ninguna intimidad. Alguien sugiere además que el proceso de selección debería incluir pruebas de baile, como ocurre en alguno de esos programas.

Puede que la sugerencia no sea trivial. En una de sus novelas —La nariz de un notario— el escritor francés Edmond About ya dejó patente la estrecha relación existente entre la danza y la política: "Has de saber, querida mía, que la danza y la política son hermanas gemelas. Agradar, cortejar al público, tener la vista fija en el director de orquesta, componer el rostro, cambiar a cada momento de traje y de color, saltar de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, dar vueltas rápidas, caer de pie, sonreir con lágrimas en los ojos, ¿no es ese, en pocas palabras, el programa de la danza y de la política?".


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