domingo, 12 de septiembre de 2010

Lo imposible

Desconozco cuál es la fórmula que hace que algunas lecturas nos sigan estremeciendo casi con la misma intensidad de aquellas que nos abrieron los ojos cuando éramos jóvenes. Imagino que los factores son diversos: la calidad literaria, sin duda; el testimonio que aportan, tal vez; su capacidad para hurgar en las llagas cotidianas, o para tocar, siquiera sea levemente, los resortes del placer... quién sabe. Sea como sea, de vez en cuando, uno se encuentra con esa experiencia; la de que la lectura se convierta precisamente en un encuentro. Hace un par de años me sucedió con un libro que sigo teniendo a mano, y abriendo y ojeando de vez en cuando, como para no olvidarlo: El diario de la felicidad, del abogado y literato rumano Nicolae Steinhardt, en el que entre otras muchas cosas cuenta su detención y condena por participar en grupos literarios y su conversión en la prisión:

Lo imposible.
Esto es lo que se nos pide.
(...)
Sólo que existen dos tipos de imposible: existe el imposible imposible y existe el imposible posible. El imposible imposible —el físico— no tiene ninguna importancia y está desprovisto de significado. El ejemplo dado por los antiguos juristas —aunque hoy en día ya no tiene gracia— es totalmente concluyente: no puedes obligarte por contrato a ir a la luna. Está claro que esto no quiere decir gran cosa. Pero no es esto lo que se te pide. Se te pide otra cosa. No se te pide que vayas a la luna. Se te pide —y es algo completamente diferente— la luna. Y preferentemente azul.
Mientras no nos salgamos de lo posible, de la contabilidad, no podemos ni concebir ni pretender el paraíso.

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