domingo, 12 de septiembre de 2010

Lo imposible

Desconozco cuál es la fórmula que hace que algunas lecturas nos sigan estremeciendo casi con la misma intensidad de aquellas que nos abrieron los ojos cuando éramos jóvenes. Imagino que los factores son diversos: la calidad literaria, sin duda; el testimonio que aportan, tal vez; su capacidad para hurgar en las llagas cotidianas, o para tocar, siquiera sea levemente, los resortes del placer... quién sabe. Sea como sea, de vez en cuando, uno se encuentra con esa experiencia; la de que la lectura se convierta precisamente en un encuentro. Hace un par de años me sucedió con un libro que sigo teniendo a mano, y abriendo y ojeando de vez en cuando, como para no olvidarlo: El diario de la felicidad, del abogado y literato rumano Nicolae Steinhardt, en el que entre otras muchas cosas cuenta su detención y condena por participar en grupos literarios y su conversión en la prisión:

Lo imposible.
Esto es lo que se nos pide.
(...)
Sólo que existen dos tipos de imposible: existe el imposible imposible y existe el imposible posible. El imposible imposible —el físico— no tiene ninguna importancia y está desprovisto de significado. El ejemplo dado por los antiguos juristas —aunque hoy en día ya no tiene gracia— es totalmente concluyente: no puedes obligarte por contrato a ir a la luna. Está claro que esto no quiere decir gran cosa. Pero no es esto lo que se te pide. Se te pide otra cosa. No se te pide que vayas a la luna. Se te pide —y es algo completamente diferente— la luna. Y preferentemente azul.
Mientras no nos salgamos de lo posible, de la contabilidad, no podemos ni concebir ni pretender el paraíso.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Dos recortes de prensa

1. Leo en la prensa (esta vez en el ABC: aquí), que la Confederación Española de Padres y Madres de Alumnos (CEAPA) reclama diversas medidas para facilitar la conciliación de la vida familiar y profesional (lo cual está muy bien); y entre ellas se pretende que los centros escolares abran incluso los domingos: que estén abiertos las 24 horas de todos los días del año. Según uno de los miembros de la junta directiva de la organización —dice el periódico— ello "ayudaría a que los padres puedan encargarse de su negocio. Supondría una conciliación real de la vida familiar con la profesional".

No desconozco las enormes dificultades que tienen muchas personas para conciliar en la práctica su vida familiar y laboral, ni el esfuerzo y el cariño infinito con el que cuidan a sus hijos, pero la propuesta de la CEAPA también tiene algo de sorprendente: ¿es una medida para conciliar ambas dimensiones de la vida o simplemente para "ajustar" o someter la vida familiar a los imperativos de la vida profesional?¿Y dónde pondremos el límite? Ya puestos, si no, ¿por qué no dejar directamente a los niños en centros escolares desde su nacimiento para que los padres puedan trabajar y producir como el mercado exige?

A la postre, algo así era lo que proponía aquel filósofo ginebrino —vanidoso, egoísta y algo desequilibrado, todo sea dicho— que, para poder dedicarse enteramente a sus negocios —intelectuales, en ese caso— abandonó a sus cinco hijos en el orfanato y pasó a la posteridad predicando las virtudes de una educación comme il faut, transferida de modo íntegro y absoluto al Estado, porque al fin y al cabo, como decía él mismo, no somos sino posesiones del Estado. ¿O no?

2. En El País, artículo de opinión de Gregorio Peces-Barba (véase aquí), en el que arremete contra Tirios y Troyanos. Una de sus catilinarias va dirigida contra un obispo del Opus que al parecer ha criticado la Ley del Aborto "con una virulencia desmesurada". En su critica al obispo, Peces-Barba afirma tajante que "no hay cotos vedados a la soberanía del Estado". Es verdad. Si no, que se lo pregunten a Shakinah Mohammadi Ashtiani, que espera en la cárcel iraní de Tabriz la ejecución de la pena —a morir lapidada— a la que ha sido condenada por los Tribunales del Estado, acusada de adulterio; o a Brandie Gardner, la hija de uno de los últimos ejecutados en Estados Unidos; o a los cientos de miles de personas anónimas víctimas de las guerras en Iraq, Afganistán... Soberanía del Estado en estado puro.

martes, 7 de septiembre de 2010

Normas y creencias

Llevo toda la tarde dándole vueltas en la cabeza a un reportaje que publicaba hoy el diario El País, sobre una sentencia del Tribunal Supremo en la que se resuelve un caso de los que se conocen como wrongful birth (nacimiento equivocado). A saber: unos padres que reclamaban patrimonialmente por un diagnóstico prenatal erróneo que privó a la madre de la posibilidad de decidir sobre si abortar o no. El debate no es nuevo. Y el Tribunal Supremo, como hizo previamente el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana, les ha dado la razón, e incluso, al parecer, ha ido más allá en su argumentación. Pero como no tengo todavía ninguna de las dos Sentencias, me reservo el comentario y la opinión para cuando consiga leerlas. Ya saben que en esto del derecho, tan importante es la decisión como las razones que la avalan. A veces, con buenos argumentos tomamos malas decisiones y en otras ocasiones decidimos bien pero argumentamos mal. Y como en el reportaje periodístico se mezclan diferentes argumentos y opiniones, prefiero esperar a ver qué ha dicho realmente el Tribunal.

Sin embargo, entre esas opiniones que recoge el reportaje periodístico (que yo he leído en la versión digital de El País y puede consultarse aquí), hay una que me ha llamado la atención: Según su experiencia, dice uno de los expertos consultados por el periódico, "quien se opone al wrongful birth lo hace por cuestiones ideológicas, no jurídicas".

La afirmación me sorprende porque es un argumento que se está convirtiendo en un lugar común últimamente, que ya he visto esgrimir a propósito de otros asuntos y porque así enunciado resulta un tanto falaz (en mi modesta opinión). Siempre pensamos que nuestras posturas se fundamentan en razones mientras que los demás las sostienen sobre creencias. Pero lo cierto es que tanto en uno como en otro caso las argumentaciones suelen remitir a valores o principios cuyo fundamento último es ideológico.

Entiéndaseme: no estoy adoptanto una posición en torno a la cuestión del "nacimiento equivocado" (no todavía, antes de conocer el fundamento de las sentencias) sino sobre las condiciones para adoptar esa posición. Por supuesto que quienes se oponen a la doctrina del "wrongful birth" lo hacen por razones ideológicas; pero las razones de quienes defienden esa doctrina son también igualmente ideológicas —aunque diversas, imagino. La cuestión es sí esas razones, tanto en uno como en otro caso, encuentran además algún fundamento doctrinal o normativo —jurisprudencial, legal, constitucional. Dicho de otra forma: en cuestiones como la que refiere el reportaje, puede que el debate no tenga lugar sólo entre juristas —de un lado— y moralistas o ideólogos —de otro—, como podrían pensar algunos, sino entre juristas de ideología diversa.

30 años "arando" por la paz

El 9 de septiembre de 1980, ocho desobedientes civiles irrumpieron en la planta de la "General Electric" en King of Prussia, Pennsylvania, donde se fabricaban parte de las cabezas nucleares Mark 12-A, para protestar contra la guerra y la carrera de armamentos; golpearon con martillos dos de los conos preparados para albergar cabezas nucleares y vertieron sangre sobre los documentos. El gesto y el nombre escogido por el grupo respondía a una cita del libro del profeta Isaías “De las espadas forjarán arados, y de sus lanzas podaderas” (Is. 2, 4). E iba bautizar el movimiento de los diversos grupos que desde entonces han venido llevando a cabo acciones de desobediencia civil en Estados Unidos, Australia, Alemania, Holanda, Suecia, Irlanda e Inglaterra: Plowshares (arados).

Para más información:


viernes, 3 de septiembre de 2010

Evaluación a la boloñesa

Voy poniendo las notas, a través de la plataforma informática de la Universidad. Voy introduciendo en el ordenador las calificaciones numéricas de los estudiantes que se presentaron al examen y el sistema, automáticamente, genera la nota final: 5... aprobado; 7... notable; 3... suspenso; 6,5... aprobado...

Uno de los estudiantes tiene un cero. Se presentó al examen pero lo entregó literalmente en blanco, así que introduzco la calificación, doy al "enter" y automáticamente aparece... "no presentado". Pero él sí se presentó, me digo a mí mismo, lo que pasa es que sacó un cero. Sin embargo, al parecer, no es posible calificar con un cero a un estudiante. Se supone que "algo" habrá puesto o "algo" habrá hecho: venir al examen. ¿Será un síntoma de la evaluación "a la boloñesa"?

No pasa nada. Corrijo: Fulano... 0,5; enter... "suspenso".